El tema de la inmigración centroamericana va mucho más allá de un numeroso grupo de personas que recorre el territorio nacional en busca de llegar a la frontera Sur de Estados Unidos para solicitar asilo o refugio.

Es, sin lugar a dudas, un asunto que tiene que ver con la enorme brecha que separa el primero del tercer mundo; es un asunto que tiene que ver con el liberalismo económico, con la globalización, muy propios de nuestros tiempos.

Y es que, para nadie es un secreto, la inmigración tiene su raíz en la pobreza, en la falta de oportunidades, en la desigualdad, factores que, a su vez, son los que detonan la violencia.

Ante esta realidad, resulta lamentable la forma en que el Gobierno de Estados Unidos está haciendo frente a un problema que él mismo ha propiciado.

Créame usted, la política económica que rige los mercados mundiales y que tanta riqueza le ha dado a los países del primer mundo, como Estados Unidos, y a la vez, que tanta pobreza le ha significado a países subdesarrollados, como Guatemala, Honduras, El Salvador, e incluso, México, está generalizando sus señales de alerta.

Ya en 2017, en Europa dio sus primeros indicios con la movilización de más de 150 mil inmigrantes.

La pregunta entonces es: ¿Hasta cuándo se va a dejar de atender el fenómeno de la inmigración como un problema local? ¿Hasta cuándo se va a entender que mientras la brecha entre ricos y pobres no se acorte, nada, ni nadie, podrá detener el sueño de tener una vida mejor.