Mientras Diego desempaca la nueva Canon, EOS Rebel T6, de 18 megapixeles, que le ‘amaneció’ por su cumpleaños 17, no puedo evitar traer algunos recuerdos propios de la Generación X –esa a la que dicen los sociólogos, pertenezco, por haber nacido entre 1965 y 1981.
A los 17, a diferencia de él y el resto de los centennials (los nacidos a partir de 1995 y hasta la fecha), no había mucha tecnología a nuestros pies. 
Si bien, para 1988 las computadoras y el internet ya se habían inventado, todavía formaban parte de una historia de ciencia ficción para los que integrábamos la primera generación del Cobach (1986-1989) –tras su transición de Prepa Federal, ¿se acuerda?
Los lunes del Chavo del Ocho y la media mirada malévola de Catalina Creel antes del noticiero de Jacobo ya habían quedado atrás; lo mismo el temor a reconocer abiertamente que nos gustaban las canciones de Menudo por aquello de que nos fueran a tachar de gay –y eso que Ricky Martin todavía no salía del clóset.
Michael Jackson, Culture Club, Madonna y Cindy Lauper aun sonaban en Radio 790 (en la Carrera de la Fama, para ser más precisos) y sus videos todavía pasaban en Friday Night Videos el viernes a la medianoche, aunque ya no con la misma fuerza que cuatro años atrás cuando escalaron a la cúspide.
Para entonces ya le había perdido la huella al “Choya” (José Rosario López) y al “Toño” Álvarez Ávalos (qepd), mis ‘charolastras’ de la Técnica 4 con los que me reunía a escuchar a Quiet Riot, Van Hallen, Twisted Sister y Men at Work, casi todos los lunes por la noche. Como éramos roqueros recalcitrantes, nos resistíamos a aceptar que Soda Stereo, Caifanes, Maná y Miguel Mateos (“ne, ne, ne, qué vas a hacer”…) nos movían el tapete por debajo del agua.
A las chicas les seguíamos mandando ‘saludes’, aunque yo, la verdad, nunca tuve la suerte del ‘May’ Castro, que ya para ese entonces lucía como toda una Mole.
Eran, en definitiva, otros tiempos.
Por las noches nos quedábamos en casa y solamente acostumbrábamos salir a los bailes de la escuela, que por lo regular se hacían en la Cueva con música en vivo del grupo Cupido –‘Épocas de sol’, de Terry Jacks, una canción en inglés en la que el protagonista moribundo se despide de la humanidad, la bailábamos de ‘cachetito’ porque su tonada cadenciosa nos incitaba a ello y, lo peor del caso, que cuando el mismo conjunto la tradujo al español, lo seguíamos haciendo. Lo que hacía un buen ‘repegón’, ¿verdad?
Hoy, Diego tiene su propia cámara digital, nosotros, los de la Generación X, a los 17, cuando mucho tuvimos en nuestras manos una 110 y tiempo después, a los que nos dio por estudiar Ciencias de la Comunicación en la universidad, una 35 milímetros, mecánica hasta las cachas, a la cual le teníamos que recorrer el rollo de manera manual hasta completar las 24 o 36 exposiciones –los más ‘perrones’ le podíamos sacar una o hasta dos fotos más.
Hoy, Diego escucha y descarga música en su teléfono móvil a través de Spotify y otras apps, nosotros, los que nacimos en los 70, pero vivimos nuestras adolescencia en los 80, lo hacíamos en casetes y algunos hasta en discos de acetato de 45 y 72 revoluciones.
Él puede almacenar cientos, miles de canciones, en el ‘cel’, nosotros, en aquellos días, las grabábamos de la radio, para lo cual debíamos estar bien truchas con los botones de ‘play’ y ‘rec’, listos para aplastarlos al mismo tiempo cuando llegara el momento en que el locutor tocara la canción que nos gustaba, y de paso pedir a Dios y la santísima Virgen de Guadalupe que no se le ocurriera hablar cuando ya había soltado la rola.
Le digo, tiempos son tiempos. 
Afirmar que los nuestros fueron mejores, sería hasta cierto punto presuntuoso, sin embargo, de lo que sí estoy seguro es que a pesar del IPhone, las laptop y los televisores Smart, no cambiaría una ‘cascarita’ de fut en el callejón Sinaloa o en la Club de Leones a la hora del recreo, tampoco un sábado mañanero de caricaturas en inglés por el Canal 13 de Yuma y ni siquiera aquel, “¡corazón, espérame!”, de mi santa madre, cuando tenía 14 o 15 años, la vez que me aguardó a la salida de la Técnica y yo caminaba rumbo a la casa en compañía de un montón de amigos –trágame, tierra. Ya se imaginará el carrillón de los siguientes dos o tres meses.

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PD. Y usted, ¿se acuerda qué hacía a los 17?